Tibio, pobre, débil sol de invierno,

de oblicuos, tenues rayos,

adormecido, amodorrado,

entre revueltas sábanas de nubes blanquecinas,

perezoso

y lento,

aletargado su paso por la distancia de invierno.


Se asomará tímido por sobre el horizonte,

tardará en tomar indebida altura,

regirá indeciso una siesta breve,

y se acostará temprano,

somnoliento,

a reposar aún más su pesado cuerpo.



Pero él es poderoso.



Se despertará de su letargo,

hará erupción de primavera,

coronará las flores de radiante alegría,

inundará el cielo con calor fogoso,

y finalmente hará sentir a todos

el sublime imperio del verano.


Volverá a mostrar que es la fuente de la luz,

y que por él gira el ciclo de la vida.



Yo, en cambio,

no soy tan afortunado.