de ciertos desiertos

que hay manos allá arriba
todos lo sabemos,
abiertas como truenos,
como flores de hueso
y que caen en forma de lluvia silenciosa
apoyándose en los hombros
y en las bocas de los niños.

cuando yo era niño
sentí una en mi espalda,
me di vuelta y vi una sombra
constelada y quieta,
y al volver,
mi boca ya no era semilla de ideas
sino almeja sellada,
cardúmen tembloroso.

así fui por el suelo,
caminando sin piernas,
cambié lengua por dedos
y atrapé mariposas,
las coloqué una a una en narices ajenas
y me senté a esperar
que me busque la muerte.

y acá estoy acostado,
los ojos en el cielo
esperando que algún día otra mano caiga,
que se apoye en mi garganta
cansada de callarse
y se cierre atravesando
la carne y el grito.