Entraron sin hablar. Otro cuarto oscuro también, pero esta vez la mujer, o esa cosa, dejó la vela que sostenía sobre una pequeña mesita al costado de la puerta que enseguida fue cerrada. De un lado los pasillos y el sordo ruido de las maderas. Del otro ellos y lo de siempre, el silencio, la humedad, el olor cada vez más intenso y asfixiante, la expectativa de Lizeta y la perplejidad no grave de Lucía.