Cualquier intento de abordaje al pensamiento de Spinoza y Nietzsche termina, inevitablemente, siendo un trabajo sobre Ética. Se puede encontrar en ambos filósofos una extrema preocupación “moral” y un intento denodado de llevar al extremo el análisis del origen de la moralidad occidental.

Ahora bien, si bien la preocupación es ética, no encontraremos en ninguno de nuestros pensadores nada que se parezca a un precepto o ley trascendente. Lo que tienen en común los dos es que van a demostrar en qué medida son los afectos el lugar de origen de los valores. Lo “Bueno”, lo “Bello”, lo “Justo” son tan hijos del cuerpo, como la transpiración y la saliva; no son más racionales que el odio
y que la ira, y, por sobre todas las cosas, son tan inmanentes a nosotros como el hígado y el intestino.

Con Spinoza apareció el cuerpo de Dios, que no es otro que la naturaleza entera. Con Nietzsche, la voluntad de poder, que no es otra cosa que el deseo de estar cada vez más vivo. Sin duda alguna, como veremos, los horizontes se cruzan y los conceptos se relacionan; es la lectura de Gilles Deleuze
la que ha mostrado esta extraordinaria relación.

Spinoza, Nietzsche y Deleuze constituyen, sin duda alguna,
un amoroso acercamiento al pensamiento de S XX; y un elemento de liberación para nosotros, los occidentales,
de la sumisión a la culpa que caracteriza nuestra cultura.