En la obra de Baruj de Spinoza la alegría comporta una dimensión ética en la medida de que determina un aumento en la potencia de obrar de de los hombres; es decir, la alegría spinoziana se identifica con la posibilidad que un ser humano tiene de hacer,
de actuar, de luchar, etc. Una persona alegre es, en definitiva, una persona libre. Además, recordando las palabras de Michel Foucault, una actitud ética es aquella que propone un estilo de vida no fascista; esto decididamente se adecua al concepto de alegría de Spinoza.
Para el pensador holandés, la alegría es un afecto, es decir,
una forma de pensamiento carente de representación. Los afectos, a su vez, son hijos de las afecciones, y éstas por su
parte son la respuesta de nuestro cuerpo al estímulo recibido
del exterior. La alegría es nuestra respuesta a un buen estímulo recibido del mundo que nos rodea; y esta se produce gracias
a un buen encuentro. A esto hay que agregarle que Spinoza entiende la alegría como el aumento de la potencia de obrar,
en oposición a la tristeza que es la disminución de dicha potencia. De lo que se sigue que estamos verdaderamente alegres cuando sentimos que podemos obrar, y estamos tristes cuando sentimos que no podemos hacer nada; y sólo tenemos la capacidad de actuar cuando tenemos buenos encuentros con los semejantes.
Vivimos tiempos de democracias liberales, por lo cual parece
no tener demasiado sentido hablar de fascismo, pero, si bien, no podemos decir que estemos bajo el yugo de gobiernos totalitarios en el sentido tradicional, el fascismo forma parte de nuestra vida cotidiana y parece reproducirse a cada momento. Esta forma diaria del fascismo sólo puede propagarse de la mano de la tristeza, es decir, de la mano de las pasiones que nos quitan
toda posibilidad de acción, de las cuales la madre es el miedo.
El miedo a nuestros semejantes y a nosotros mismos.