—Y cuáles son.

—Qué cosa, don Roque.

—Las señas.

Le describí las señas y enarboló una flamante sonrisa que me llevó al límite de la sospecha, y el límite de la sospecha es justo en donde la frontera de la certeza exige el juicio de aduana.

—Va a ser mejor que se presente con el perro, con la plata que le entregue la mujer puede comprarse unos cuantos de esa raza si le gustan.

—Para qué, para qué—me contestó, alzándose de hombros.

Sepulté mi desconfianza, no tenía asidero, ni evidencias, que es lo más importante, y me limité a observar el trance que se consumaba justo en la entrada de mi edificio, donde Roque le dio alcance a la mujer. Ella se disponía a adosar al último cartel las señas particulares, tal como yo le había sugerido que hiciera. La mujer estaba feliz de ver a la perra, don Roque movía la mano negativamente, como que no se molestara, pero su sonrisa denunciaba el interés. Ella le firmó un cheque a cambio de la pobre Chucho, que al retirarse dejó diseminadas un montón de meadas en las paredes del edificio. Quizá por eso, porque levantaba la pata para orinar, le decían Chucho.

Al día siguiente decidí levantarme temprano, había dormido poco, había soñado con mi perro de la infancia y me había desvelado en la madrugada intentado reconciliar el sueño. Cuando uno más intenta dormirse es cuando más fracasa. De modo que la cama ya me tenía aburrido, pensé en comprar el pan bien calentito, ahorrarme el tumulto de gente y poder escoger la clase de bizcochos, pues tales son las ventajas del que madruga. Me sorprendió encontrarme con don Roque al atravesar la plaza a esas horas, estaba sentado en un banco de caño, pese al frío, concentrado en las personas que circulaban...