"Pero no es bueno perderse en menudencias. Ahí estaban el hombre y la rata mirándose, clavados los ojos el uno en el otro con alguna desconfianza, momento en que apareció otra rata y otra más y se fueron sumando hasta cubrir el borde del pozo. Cuando contó más de veinte, el Vituperio decidió ir a buscar el rebenque, por si las moscas. Al volver se puso pálido como fiambre. Las ratas salían de a docenas y no paraban de salir. Entonces, ensayó un grito de arreo mientras dibujaba arabescos en el aire con su rebenque. Pero las ratas lo rodearon en un santiamén, mostrándole los dientes como perros salvajes."